
Plan Jaba (1990) es una de las primeras obras realizadas por Kcho, concebida durante su etapa en el servicio militar en Cuba. La pieza surge de un contexto profundamente personal en el que se entrelazan la vida cotidiana, la memoria familiar y el descubrimiento artístico.
La obra se articula a partir de una sencilla bolsa tejida —la jaba, objeto cotidiano de la vida cubana asociado a la subsistencia, la escasez y las rutinas domésticas. Suspendida en el espacio, la bolsa deja de ser un objeto utilitario para convertirse en una forma escultórica.
El título hace referencia al llamado “Plan Jaba”, un programa estatal de distribución de alimentos en Cuba mediante el cual se entregaban periódicamente productos básicos a la población dentro de una bolsa (jaba). Esta referencia sitúa la obra dentro del contexto de la economía cotidiana de la isla y de las estrategias de subsistencia propias de la vida doméstica cubana.
El origen de la pieza está ligado a un momento específico de la vida del artista. Como recuerda Kcho en una entrevista realizada por la periodista Maribel Acosta con motivo de la exposición antológica En ningún lugar como en casa:
“Yo estaba en el servicio militar… mi mamá estuvo tres meses en Estados Unidos con la familia y en ese tiempo hice Plan Jaba, pero había algo que no me gustaba… Eso tiene fecha, fue el 3 de mayo de 1991. Mi mamá llega, la jaba está colgando en mi casa y mi mamá ve la obra, se puso contenta y le digo: ‘Mami, hay algo que no me gusta’. Ella me dice: ‘¡Claro, mijo! Las asas están muy delgadas’. Esas asas las tejió mi mamá con sus manos. Ponte a pensar… ¿Qué museo del mundo se merece esta obra? Tengo que cargar con esta jaba toda mi vida, restaurarla, darle cariño, pasarle la mano…”
La anécdota revela la dimensión íntima de la obra: el objeto no es solo una pieza artística, sino también un depósito de memoria familiar y afecto. La intervención de la madre del artista —quien reforzó las asas con sus propias manos— convierte la pieza en un gesto silenciosamente colaborativo arraigado en la vida cotidiana.
Al mismo tiempo, la forma suspendida de la jaba evoca inevitablemente el contorno alargado de la isla de Cuba. Sin constituir una representación literal, su curvatura recuerda la geografía del territorio, sugiriendo una identificación simbólica entre el objeto cotidiano y la isla misma. En este sentido, la jaba puede leerse también como una metáfora del país: un contenedor de memoria, historia y experiencia vivida.
La obra articula además una tensión significativa entre arte y artesanía. El objeto, construido mediante técnicas manuales de tejido y ensamblaje propias de la cultura material popular, conserva la lógica del trabajo artesanal incluso al ser presentado como escultura. Esta condición híbrida es central en la práctica temprana de Kcho, donde los materiales humildes y los objetos cotidianos son transformados en estructuras poéticas capaces de condensar experiencias sociales, afectivas y territoriales.
Dentro del conjunto de su producción, Plan Jaba anticipa varias de las preocupaciones que marcarán el desarrollo posterior de su obra: la insularidad, la migración, la memoria y el peso simbólico del origen. Lo que en apariencia es un simple objeto doméstico termina revelándose como una poderosa metáfora de identidad y pertenencia.